En 1897, Bram Stoker publicó Drácula en una Europa obsesionada con la moral, el castigo y lo prohibido.
Apenas unas semanas antes, Oscar Wilde había sido condenado públicamente, convirtiéndose en símbolo del escándalo y la hipocresía victoriana.
Drácula no fue solo un monstruo. Fue una metáfora del “otro”: aquello que la sociedad necesitaba ocultar… o destruir.

Esta figura representa el nacimiento del mito.
No es solo una pieza decorativa: es historia convertida en objeto.
